Abrí la puerta de mi
casa después de sesenta días, todo estaba más o menos como lo había dejado, o
al menos eso suponía. Dos meses en rehabilitación no son suficientes para que
el mundo cambie demasiado. Había pasado de camino a comprar un par de películas,
no es que estuviese en contra de la piratería, pero como parte de la industria
del cine me parecía un poco absurdo hacerlo. Además tenía el dinero.
El desprecio, que iba a
ser mi primer contacto con Godard y con Brigitte Bardot al mismo tiempo, Into
the Wild, y Django desencadenado, que ya la había visto en el cine, pero que
era una puta obra maestra.
Realmente no había
cambiado nada, estaba sin carnet por eso de conducir borracho, pero aparte de
eso simplemente había perdido dos meses de mi vida. Yo no era un hombre
desintoxicado, ni siquiera estaba cerca de ser un hombre que quisiera dejar el
alcohol. En las películas sobre cárceles siempre se ve como son capaces de
colar de todo. En un centro de rehabilitación para ricos es mucho más fácil.
¿Alcohol? Por supuesto ¿Drogas? Claro ¿Sexo? Bueno, la variedad es la que hay,
pero cuando has hecho un par de películas todo es más sencillo, por lo menos a
la hora de ligar.
La vida seguía siendo
gris, horrible, triste, insoportable, penosa, superflua, desesperante, ilógica,
asquerosa, lamentable, descorazonadora, apabullante, cruel, maligna, cruda,
brutal, terrible, odiosa, aburrida, estúpida, falsa, misántropa y todo el resto
de adjetivos negativos que yo, Max Black, actor de películas de acción
mediocres por un lado, pero mejor escritor de mi generación por el otro, era
capaz de recordar.
Y aún habría quién
levantase su putrefacta mano sebosa para señalarme con su afilada garra con
esmalte de Chanel y decir “Míralo a él, tan rico y famoso, aún joven y guapo,
con una vida que cualquiera envidiaría, quejarse como si tuviese algún derecho
a la infelicidad ¡Será posible!” y sé que los mismos que me señalaban son los que
decían que el dinero no da la felicidad, aunque simplemente lo digan para
convencerse a sí mismos y a los demás, sin tener el más mínimo conocimiento de
lo cierto que es, pues la felicidad no la da el dinero, ni la fama, ni el amor.
La felicidad solo la da la felicidad.
Me serví una copa de
whiskey, para celebrar mi rehabilitación. Luego otra, esta simplemente porque
me gustaba beber.
Primera (y de momento única) hoja de Rehab, lo nuevo que estoy escribiendo, ya se intuye que va a ser muy alegre.