- Un tipo corriente en un mundo corriente
- El ladrón de almas
- Hasta que me tragase las lágrimas
- Dime lo que tengo que hacer, y lo haré
- Las putas y los asesinos siempre existirán
- Como si un dios se riese de mí
- Joan, Joanie
- Día de suerte
- No hay lugar para las emociones
- El precio a pagar por la belleza
- He comprado cerveza
- Al final, todos suplican
- No tengo ganas de follar
- El camino que conduce hacia uno mismo
- Es un precioso día
- Walsh
- Kang, el conquistador
- Ha llegado el día
- Lo que dejo atrás
domingo, 13 de octubre de 2013
El ladrón de almas
jueves, 10 de octubre de 2013
Un pueblo llamado Baskerville
Había una vez un pueblo llamado Baskerville en el que podías
encontrar todo lo que deseases. En invierno el frío refrescaba el alma pero no
congelaba el cuerpo, y, en verano, el calor tostaba tu piel pero no quemaba tu
voluntad. Había, junto a Baskerville, un río en el que peces y hombres nadaban,
con agua cristalina y césped alrededor. Allí era fácil encontrar alguien a
quién amar, y también encontrar a quien odiar, pues el hombre necesita las dos
para ser hombre.
Nadie trabajaba más de la cuenta, pues había de todo para
todos. No había más muerte en Baskerville que la natural.
Nadie había querido marcharse jamás de Baskerville, y nunca
llegaba nadie a Baskerville.
Pero eso cambio un día. La curiosidad había llegado a
Baskerville. No llegó de fuera del pueblo, sino de dentro, de dentro de un
pequeño niño que se preguntaba que había más allá. Su nombre era Edward. Edward
se pasaba los días en lo más alto del más alto edificio de Baskerville, forzando
la vista intentado mirar lo más lejos posible. De haberse quedado en
Baskerville habría sido feliz, habría amado y odiado. Pero era imposible, algo
tiraba de él con una fuerza irresistible.
El día que cumplió dieciocho años también fue el día que una
persona dejo Baskerville por primera vez. Solo con su ropa y algo de comida,
Edward empezó a caminar.
Y caminó, y caminó, y no paró de caminar, y de tanto caminar
llegó a una ciudad.
Luces, gente caminando sin caminar, colores y olores que no
sabía que podían existir. Edward no encajaba en la ciudad, él era un hombre de
Baskerville, hacia los trabajos más penosos, ya que no tenía formación para
trabajar en la gran ciudad, muchos se reían de él, había allí mucho más odio
que en Baskerville.
Pero Edward se levantaba siempre con una sonrisa, y mandaba
cartas contando maravillas, algunas mentira y algunas verdad. Decía que nunca
había sido tan feliz, aunque esto no era una de las de verdad.
Pero la curiosidad volvió a llamarle y, una vez más, lo dejo
todo y se puso a caminar.
Y caminó, y caminó, y llegó hasta el mar.
Trabajo en el muelle y el sol quemó su piel, pero nunca su
voluntad y el frío heló su cuerpo, pero su alma jamás dejó de arder.
Nadie envidió a Edward, nadie deseo su vida para sí, pero
desde que dejo Baskerville se levantaba cada día con una sonrisa, y mandaba
esas cartas, parte mentira y parte verdad.
Nunca volvió a Baskerville así que nunca supo lo que pasó. Una
vez la primera persona se marchó de Baskerville, la segunda no tardó. Cuando su
cuarta carta llegó ya eran tres las personas que se habían marchado de
Baskerville. Al final solo quedó allí la muerte.
Y jamás nadie volvió a Baskerville.
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