jueves, 10 de octubre de 2013

Un pueblo llamado Baskerville



Había una vez un pueblo llamado Baskerville en el que podías encontrar todo lo que deseases. En invierno el frío refrescaba el alma pero no congelaba el cuerpo, y, en verano, el calor tostaba tu piel pero no quemaba tu voluntad. Había, junto a Baskerville, un río en el que peces y hombres nadaban, con agua cristalina y césped alrededor. Allí era fácil encontrar alguien a quién amar, y también encontrar a quien odiar, pues el hombre necesita las dos para ser hombre.
Nadie trabajaba más de la cuenta, pues había de todo para todos. No había más muerte en Baskerville que la natural.
Nadie había querido marcharse jamás de Baskerville, y nunca llegaba nadie a Baskerville.
Pero eso cambio un día. La curiosidad había llegado a Baskerville. No llegó de fuera del pueblo, sino de dentro, de dentro de un pequeño niño que se preguntaba que había más allá. Su nombre era Edward. Edward se pasaba los días en lo más alto del más alto edificio de Baskerville, forzando la vista intentado mirar lo más lejos posible. De haberse quedado en Baskerville habría sido feliz, habría amado y odiado. Pero era imposible, algo tiraba de él con una fuerza irresistible.
El día que cumplió dieciocho años también fue el día que una persona dejo Baskerville por primera vez. Solo con su ropa y algo de comida, Edward empezó a caminar.
Y caminó, y caminó, y no paró de caminar, y de tanto caminar llegó a una ciudad.
Luces, gente caminando sin caminar, colores y olores que no sabía que podían existir. Edward no encajaba en la ciudad, él era un hombre de Baskerville, hacia los trabajos más penosos, ya que no tenía formación para trabajar en la gran ciudad, muchos se reían de él, había allí mucho más odio que en Baskerville.
Pero Edward se levantaba siempre con una sonrisa, y mandaba cartas contando maravillas, algunas mentira y algunas verdad. Decía que nunca había sido tan feliz, aunque esto no era una de las de verdad.
Pero la curiosidad volvió a llamarle y, una vez más, lo dejo todo y se puso a caminar.
Y caminó, y caminó, y llegó hasta el mar.
Trabajo en el muelle y el sol quemó su piel, pero nunca su voluntad y el frío heló su cuerpo, pero su alma jamás dejó de arder.
Nadie envidió a Edward, nadie deseo su vida para sí, pero desde que dejo Baskerville se levantaba cada día con una sonrisa, y mandaba esas cartas, parte mentira y parte verdad.
Nunca volvió a Baskerville así que nunca supo lo que pasó. Una vez la primera persona se marchó de Baskerville, la segunda no tardó. Cuando su cuarta carta llegó ya eran tres las personas que se habían marchado de Baskerville. Al final solo quedó allí la muerte.
Y jamás nadie volvió a Baskerville.

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