Me apetecía actualizar, así que copié al azar un fragmento de una de mis novelas.
Había tenido un sueño sobre la época en la que tenía otro
nombre, en el sueño era el día que le pedía matrimonio a Eva, en un restaurante
muy lujoso. El camarero traía vino y me lo daba a catar. Yo hacía todos los
pasos a la perfección y le daba mi aprobación al camarero. No tengo ni puta
idea de vinos pero sé fingir que se más de lo que realmente sé.
El sueño acaba poco después, pero el recuerdo sigue,
demasiado claro como para decir que parece otra vida.
Me levanto y busco la botella de whiskey barato, sé que está por algún
lado. La encuentro en la cocina y doy un largo trago. La bebida sabe a mierda y
me quema la garganta, pero cuando cierro los ojos para aguantar el sabor todo
lo demás desaparece de mi mente.
Me preparo un desayuno con las sobras de otras comidas,
ninguna cosa digna de llamarse desayuno. Claro que las dos de la tarde tampoco
es una hora digna para un desayuno. Pero ya no me queda mucha dignidad.
Hoy no hemos quedado, sin embargo iré a verla.
Las paredes a mi alrededor me agobian y no tengo más sitio
al que huir.
Varias horas después, pasado ya hace mucho el anochecer,
entro en la habitación de Ana.
Si se sorprende de verme lo oculta bien, sí, su sonrisa esta
ahí, pero no es una sonrisa sorprendida, es más bien… No sé, es una puta
sonrisa.
Intercambiamos saludos, consigo que se ría con algo que
digo, nos quitamos la ropa, me pongo un condón.
Follamos.
Intento que dure un poco más, al fin y al cabo es dinero
gastado, pienso en la economía, en un partido de futbol o en los plásticos que
envuelven a las pizzas.
Pero nada da resultado y derramo mi blanca esperma en la
goma transparente.
Nos quedamos, como tantas otras veces, mirando al techo,
tumbados boca arriba uno al lado del otro. Esperando a ver quien rompe el
silencio.
-¿Qué opinas de la muerte?
La miro sorprendido.
-¿Por qué quieres saberlo?
-Aquello que dijiste de que la muerte es hereditaria, me ha
hecho pensar en la muerte.
-Es normal. Todos lo hacemos.
-Ya, pero… hay un problema, pienso en la muerte como algo
liberador, el fin a los absurdos de la vida, a sus problemas. No creo que haya
un más allá, si no, simplemente, un final.
-Es una idea bonita, pero triste.
-¿Tú que opinas?
-¿Yo? Bueno, yo creo que la muerte es algo terrible, y
entiendo que la gente busque consuelo en la religión. Hasta lamento que me
parezca tan absurdo, no estaría mal tener algo a lo que agarrarse en los
últimos momentos.
-¿No crees en dios?
-No. ¿Tú?
-Supongo que creo, mi madre me educo para creer, aunque
nunca he rezado, ni siquiera pienso en dios a menudo, muy raramente. De hecho
la religión va en contra de esos pensamientos sobre la muerte que tengo.
-Entonces, seguramente en un par de años te darás cuenta de
que no crees en nada. A mí me pasó algo parecido.
-No sé yo.
-Bueno, no merece la pena pensar tanto en la muerte, hay
cosas peores.
-¿Cómo que?
-Como la mayoría de las vidas.
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