sábado, 26 de abril de 2014

Como la mayoría de las vidas



Me apetecía actualizar, así que copié al azar un fragmento de una de mis novelas. 

Había tenido un sueño sobre la época en la que tenía otro nombre, en el sueño era el día que le pedía matrimonio a Eva, en un restaurante muy lujoso. El camarero traía vino y me lo daba a catar. Yo hacía todos los pasos a la perfección y le daba mi aprobación al camarero. No tengo ni puta idea de vinos pero sé fingir que se más de lo que realmente sé.
El sueño acaba poco después, pero el recuerdo sigue, demasiado claro como para decir que parece otra vida.
Me levanto y busco la botella de whiskey barato, sé que está por algún lado. La encuentro en la cocina y doy un largo trago. La bebida sabe a mierda y me quema la garganta, pero cuando cierro los ojos para aguantar el sabor todo lo demás desaparece de mi mente.
Me preparo un desayuno con las sobras de otras comidas, ninguna cosa digna de llamarse desayuno. Claro que las dos de la tarde tampoco es una hora digna para un desayuno. Pero ya no me queda mucha dignidad.
Hoy no hemos quedado, sin embargo iré a verla.
Las paredes a mi alrededor me agobian y no tengo más sitio al que huir.
Varias horas después, pasado ya hace mucho el anochecer, entro en la habitación de Ana.
Si se sorprende de verme lo oculta bien, sí, su sonrisa esta ahí, pero no es una sonrisa sorprendida, es más bien… No sé, es una puta sonrisa.
Intercambiamos saludos, consigo que se ría con algo que digo, nos quitamos la ropa, me pongo un condón.
Follamos.
Intento que dure un poco más, al fin y al cabo es dinero gastado, pienso en la economía, en un partido de futbol o en los plásticos que envuelven a las pizzas.
Pero nada da resultado y derramo mi blanca esperma en la goma transparente.
Nos quedamos, como tantas otras veces, mirando al techo, tumbados boca arriba uno al lado del otro. Esperando a ver quien rompe el silencio.
-¿Qué opinas de la muerte?
La miro sorprendido.
-¿Por qué quieres saberlo?
-Aquello que dijiste de que la muerte es hereditaria, me ha hecho pensar en la muerte.
-Es normal. Todos lo hacemos.
-Ya, pero… hay un problema, pienso en la muerte como algo liberador, el fin a los absurdos de la vida, a sus problemas. No creo que haya un más allá, si no, simplemente, un final.
-Es una idea bonita, pero triste.
-¿Tú que opinas?
-¿Yo? Bueno, yo creo que la muerte es algo terrible, y entiendo que la gente busque consuelo en la religión. Hasta lamento que me parezca tan absurdo, no estaría mal tener algo a lo que agarrarse en los últimos momentos.
-¿No crees en dios?
-No. ¿Tú?
-Supongo que creo, mi madre me educo para creer, aunque nunca he rezado, ni siquiera pienso en dios a menudo, muy raramente. De hecho la religión va en contra de esos pensamientos sobre la muerte que tengo.
-Entonces, seguramente en un par de años te darás cuenta de que no crees en nada. A mí me pasó algo parecido.
-No sé yo.
-Bueno, no merece la pena pensar tanto en la muerte, hay cosas peores.
-¿Cómo que?
-Como la mayoría de las vidas.

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